La calidad de John M. Coetzee como novelista no es algo que vayamos a descubrir a estas alturas, para muchos críticos posiblemente estemos ante el más grande autor vivo –al menos uno de los dos o tres-, y su obra ya se encuentra por derecho entre las más sólidas, originales e influyentes del siglo XX. Disgrace, Age of Iron, Waiting for the barbarians o Diary of a bad age son buena muestra de ello, novelas duras, frías, elegantes, comprometidas, emocionalmente brutales y, con una característica fundamental para entender la importancia del autor sudafricano, la capacidad para empatizar con los lectores.
Y aquí encontramos la gran diferencia entre Mecanismos internos y otras obras de crítica literaria, género destinado y limitado casi por definición, a completar algunas lagunas culturales en materia de literatura o a clarificar conceptos eminentemente fríos concernientes al mundo de las letras. Mecanismos internos es una observación escrupulosa a los grandes nombres de la literatura del siglo XX, un análisis planteado desde el respeto, la admiración y el conocimiento, pero absolutamente alejado del fanatismo y el tópico que eleva a los altares a cualquier autor que lleve veinte años muerto, o veinte años muriéndose. Coetzee nos habla desde la posición del que se sabe a la misma altura que los objetos de su crítica, sin el menor atisbo de autocomplacencia pero consciente de sí mismo. Por este libro pasean gigantes de la talla de Withman, Joyce, Walser, Kawabata, García Márquez o Samuel Beckett (auténtico maestro de Coetzee) y son desprovistos de su aura de intocabilidad y diseccionados literariamente con la precisión de un cirujano, sus grandezas quedan claramente expuestas, así como sus puntos débiles, de tal forma que en ocasiones parece que el crítico domina con mayor solvencia la obra del criticado que él mismo.
Dos elementos a destacar fundamentalmente en Mecanismos internos, la elegancia y facilidad con la que está escrito y puede ser leído el libro, y la –casi- irrefutabilidad de los juicios y los apuntes que en él se desgranan.
En definitiva, un libro destinado desde su origen a resultar duro y que acaba siendo tan cómplice con el lector como cualquier novela. Otra lección del maestro Coetzee.